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JACINTO BENAVENTE
odos somos unos
SAÍNETE LÍRICO
en un acto y ©n prosa, original
MÚSICA DEL
¡MAESTRO LLEÓ
H3>$-<q*3-*- —
eopvrigtíi, by Dacinto Benaueníe, 1907
SOCIEDAD DE AUTORES ESPAÑOLES
Núñez de Balboa, 12
3.©or7
TODOS SOMOS UNOS
Esta obra es propiedad de su autor, y nadie po-
drá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en
España ni en los paises con los cuales se hayan cele-
brado, ó se celebren en adelante, tratados internacio-
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duction reserves pour tous les pays, y compris la Sué-
de, la Norvége et la Hollando.
TODOS SOMOS UNOS
SAÍNETE LÍRICO
i ao-to y en prosa
ORIGINAL DE
JACINTO BENAVENTE
MÚSICA. DEL
maestAo lleó
Estrenado en el TEATRO E3IAVA de Madrid, la noche del
21 de Septiembre de 1907
■*-
MADRID
Si Velasco, impresor, Marqués de Santa Ana, 11
Teléfono número 551
1907
REPARTO
PERSONAJES ACTORES
t LEONOR Sea. Manso.
« LA BRASILEÑA Seta. Maetínez.
' LA TANGUERA. Andbés.
* LA CHIRRIS Quijano.
y VICENTA Sea. Tbain.
' CAROLA Seta. Santa Cbuz.
EL MORO Se. Mieó.
* EL PERRERO Veea.
* MARQUÉS Allen-Pebkins.
v ISIDORO Gameeo.
i ROMUALDO Rodbíguez.
\ JUANITO Velízquez.
t MIGUEL Del Valle.
PACO VÉLEZ Mabineb.
ENRIQUE Gil de Abana.
DON LEONARDO. Tovabes.
PEPE CONTEEEAS.
UN MOZO í Mobaleda.
frw~ *g5@& WUSKa» i^&crs
ACTO ÚNICO
La escena representa un restauraut en la Bombilla. Plazoleta de ár-
boles con cenadores á derecha é izquierda. Es de noche
ESCENA PRIMERA
El MORO y el PERRERO toman cerveza sentados: á su lado un pia-
no de manubrio. Un MOZO va y viene sirviendo á los cenadores
Mozo (saliendo.) Que si no tenéis la machicha.
Per. Pa sabido. En este cilindro no la traemos.
Ya está eso mu pasao.
Mozo Pues que toquéis algo.
Per En cuanto tomemos esto.
Moro ¡4 ver! Pues llevamos hoy mala tupitaina.
Per. ¡Lo que yo he sudao!. . Y eso que bien tem-
prano me bajé al río y me he chapuzao
bien, pero con jabón y todo; una pastilla
que me ha costado dos reales, pero que te
deja el primer olor. Toavía pué que se note.
Moro ' Sí que huele bien. ¡No hay como el aseol
Per. Que lo digas.
Moro Yo antes también me bañaba tóos los vera-
nos, pero desde que tuve la pulmonía, no
puedo hacer excesos. (Dentro llaman al Mozo.)
Mozo Va... va... ¡Que toquéis algo!
MORO En seguida. (Mutis del Mozo.)
— 6 —
Per. Mira que tiene suerte esa Leonor.
Moro Es que lo vale.
Per. Los que la hemos visto como tú y como yo...
Moro Y eso que tié que ver...
Per. No, si yo siempre se lo tenía pronostícaos
cuántas veces se lo tengo dicho cuando es-
tábamos en confianza: Micaela... entonces
no la llamaban Leonor.
Moro ¿Qué vas á decirme?
Per. Tú tiés mérito y debes de mirarte mucho
y no amontonarte con el primer sinver-
güenza...
Moro ¿Qué vas á decirme? Si fui yo el primero
que tuvo algo verdad con ella.
Per No vengas presumiendo, porque tóos sabe-
mos que el primero fué don Baltasar el de
la casa de préstamos.
Moro ¡Por el parné; vaya una gracia!... Pero con
ilusión... Que te lo diga ella.
Per Pues don Baltasar estuvo si se casaba ó no
se casaba... Si no promedian sus sobrinos,
por la cuenta que les traía...
Moro ¿Qué vas á decirme? Vinieron á ofrecerme
diez duros y una colocación si yo le decía
al tío más de cuatro cosas que habían pasao
con la Leonor.
Per, ¡Qué gente más baja!
Moro ¡Miá que diez duros!
Per. ¡Y una colocación! Si á mano viene pa tra-
bajar...
Moro ¡Seguro. Conmigo dieron... No podrá decir
la Leonor que yo la he perjudicao lo más
mínimo; así es que hoy mismo, ande la ves,
pues estar seguro que favor que yo la pidie-
ra, favor que me hacía.
Per. ¿Y cómo habrá venido hoy aquí? ¿La habrá
dejao ya el Marqués?
Moro ¡Qué tié que haber dejao! Es que está fuera.
Per. ¿Y esos que han venido con ella? ¿Los co-
noces?
Moro A uno le llaman don Paco. Debe ser de la
curia, porque anda mucho por los Júzgaos
y por las Salesas; yo le veo por allá casi
tóos los días.
Per. Ahora me da una idea que también yo le
tengo visto... De cuando la Chirris me me-
tió en el lío de sus alhajas. Ya sabes...
Moro ¿Ande andará esa?
Per. Aquí viene mucho con la Tanguera, que
ahora está con don Leandro, el que fuér
ispector del Centro.
Moro No conozco otra cosa. ¿Has acabao ya?
Per Cuando quieras. aI/*$ I*
MORG Pues vamos á darle... (Toca el piano.)
ESCENA II
DICHOS, VICENTA, CAROLA, ISIDORO, JUANITO y MIGUEL
y" J i *% f i
Vic. ' Pero que está muy bien esto. No creí yo
que era una cosa así.
Isid. ¿Qué te pensabas? ¿Dónde andará Romual-
do? Voy á ver. (Mutis.)
VTic. Yo voy á sentarme, que tengo un temblor
de piernas con el susto... Yo me creí que
habíais atropellao ai chiquillo.
Jua. ¡Si no se pué andar en el coche por Madrid;
es una vergüenza; echan los chicos en me-
dio de la calle como si íuan perros, y avisa
uno y lo pri mérito que dicen sus padres;
«no sus quitéis, que se pare él»; y les tro-
pieza uno na más que con la fusta, y pa
qué quié uno más día de fiesta.
Vic. Por eso á mí no me gusta ir en coche á nin-
guna parte... ¡teniendo la comodidad del
tranvía!
Mig. (a carola.) ¿Pero vas á estar así toa la noche?
Pa llancar la atención...
Car. Es que eso que has hecho... cuando venía-
mos, ha estao muy feo.
Mig. ¡Creerás que ha sido intencionao! ¡Te lo di-
ríal Si es que yo creí que volcábamos. Ya
ves que tu madre también se agarró á mí...
Y eso vas á creer también que fué inten-
cionao.
— 8 -
Isid. (saliendo.) Ya he dicho de que avisen á Ro-
mualdo que hemos venido. Está en la coci-
na ocupao... Su mujer y las chicas no están
aquí.
Vic. Habrán ido al teatro ó á dar una vuelta por
Madrid
Isid. ¡Quiá! Si es que están de baños en Alicante.
Vic. ¡Anda, anda, la Nati qué vida se pega!...
¡Eso es suerte de mujer!
ísio. ¡Puede que la tenga envidia! ¡Mira que es
condición que siempre tiene que parecerte
mejor lo de los demás!... ¡Como si tú no
hubieras estao nunca de baños!
Viz. Pero yo iba porque ibas tú con los señores
y yo iba contigo Pero ella ha ido á dis-
frutar.
Isid. Sí, que no has disfrutao tú en ese San Se-
bastián, y hasta fuiste á Bayona y á la Vir-
gen de Lourdes, ¿y no gastastes lo que te
dio la gana? Te digo, Juanito, que no sabes
lo que haces con no casarte. ¡Qué mujeres!
Ya pues hacer, nunca las ves contentas...
Jüa. Pues si tú te quejas de la Vicenta...
Vic. Tú verás. Di que cómo se verían más de
cuatro si no fuera por sus mujeres. Y aquí
está éste, y que diga cómo le lucía el pelo
antes de casarse. Suerte que aquí me cono-
ce de casi toda la vida...
Jua . Puede usted decirlo.
Mig. (a carola.) ¿Vamos á bailar?
Car. ¡Quita de ahí! Aquí los dos solos como dos
tontos. ¡Ganas de hacer el paso! (vanae y Vi-
centa detrás.)
Per. Buenas noches, señor Isidoro y la com-
pañía.
Isid Hola, hombre. ¿Estás aquí con el istru-
mento?
Per. ¡A ver! ¿Y qué? ¿Se ha venido á tomar el
fresco?
Isid. Aquí con la familia y estos amigos á ver
esto que es ahora de un conocido.
Per. Del señor Romualdo. ¿Le conoce usted?
Isid. Estaba en la cecina del duque de Villaque-
jido, cuando yo servía en la casa. Es un
— 9 _
buen amigo. Desde que tomó esto, siempre
nos estaba conque viniéramos á verlo; con-
que esta noche ha sido.
Per. ¡A ver! Y que está la primer noche. Oiga us-
ted. ¿No sabe usted quién está ahí con unos
señores?
Ism. Tú dirás.
Per. La Leonor. ¿Es que no está ya con el Mar-
qués?
Isid. Yo estoy en que sí, aunque no deja de cho-
carme que no se la haya llevao este verano,
porque aunque nosotros estábamos en San
Sebastián, siempre la tenía por allí cerca, y
él iba y venía. Pero pa mí que sigue con
ella; por lo menos no hará quince días que
escribió encargándome de buscarle un caba-
llo pa limonera.
Per. Entonces...
Isid ¿Y dices que está ahí?
Per. Ahí la tiene usted, con una de brillantes en-
cima...
Isid. Pues mira que si el Marqués lo supiera...
Per. ¡A ver! No le daría gusto.
ISID. jQué mujeres! (Salen Miguel, Vicenta y Carola.)
Per. Le sale todo por una friolera.
Isid. Bueno, me alegro de verte. Voy aquí con la
familia.
Per. Tanto gusto.
Moro Oye, tú; ¿quién es?
Per. El cochero del marqués de los Morales.
Mokq Anda, ¿del que está con la Leonor?
Per. Ese mismo.
Moro ¿Y esas que están con él?
Per. Su mujer y su hija, no vayas á creer otra
cosa. Y el otro, Juanito, el que está ahora
de segundo con él, y el otro, el novio de la
hija, Miguel, que está de escribiente en los
Júzgaos... Isidoro es la gran persona; me tié
dao á, ganar mucho dinero cuando yo anda-
ba con los perros.
Vic. ¿De qué conoces al pianista?
Isid. De que antes vendía perros y le tengo com-
praos muchos fosterriers pa las cocheras. Es
un buen chico, de estos golfos de Madrid
— lo-
que hacen á todo. ¿No sabes lo que me ha
dicho?
Vic. ¿Qué?
Isid. Que está ahí la Leonor.
Vic. ¿La del amo?
Isid. De juerga por lo visto con unos...
Vic. Pa eso se gastan los miles con ella.
Jua. Pero si es sabido; si la témpora que yo es-
tuve en el punto la tengo lleváa mil veces á
cuarenta sitios peor que este, porque aquí
siquiera está al aire libre.
Isid. ¿No es pa matarla? Vamos, que si el señor
Marqués se entera...
Vic. jA él sí que había que matarlo! Con la mu-
jer que tiene, y los niños lan ricos. Si á los
hombres les está muy bien más de cuatro
cosas que les pasan. Si lo tengo visto: cuan-
do la mujer es como Dios manda, el mari-
do... ¡anda con Dios! como aquí, en casa
del duque, tenía usted lo contiario, él, un
alma bendita, y ella... lo que tóos sabemos.
Jua. También, también la tengo lleváa á muchos
sitios.
Vic. Lo malo es que volvías á traerla. Es que no
no se ha de ver una casa conforme, cuando
no e3 la mujer, es el marido, siempre tié
que haber uno pa trastornar... Siquiera
cuando son los dos como los de casa Mori-
llo... ¡anda con Dios, y todos contentos!... Y
que las hijas también van saliendo; la que
se ca«ó el año pasao, creo que hace poco ha
dao el primer escándalo.
Jua . Ya tié daos muchos.
Vic. Ya lo sé; digo el primero porque éste ha
Sido el máS gordo. (Entra el Mozo.)
Mozo El amo que viene en seguida; que no les
dice á ustedes que pasen, porque en la coci-
na hace mucho calor.
Isid. Dígale usted que aquí le esperamos.
Mozo Dice que si están ustedes buenos.
Isid. Dígale usted que sí. ¿Y cómo va esto?
Mozo Pues va marchando. Ahora que estaba muy
desacreditao porque el dueño de antes, como
estaba tan metido en política, lo tenia muy
— 11 -—
desatendido... Con su permiso voy á servir
aquí.
Isid. ¿A esa... señora?
Mozo Demasiado que la conocerá usted.
Isid. Algo... ¿Y los caballeros?
Mozo También que los conocerá usted. Uno es don
Francisco Tellez.
Isid. Muy amigo del señor Marqués...
Mozo Como que es el que presta dinero á toda la
gente gorda; es decir, el dinero es de una se-
ñora viuda de un general. Don Paco es el
agente.
Isid. Y lo otro.
Mozo Sobreentendido.
Uno (Llamando dentro.) ¡Camarero! ¡Mozo!
Mozo ¡Va, va! Con su permiso.
IsiD. Oye, Miguel. (Miguel está hablando con Carola y
no le oye.) ¡Miguel!
Mío. ¿Qué manda usted?
Isid, ¿Pero no lo tenéis tó hablao?
Vic. Es lo que yo le digo. Es que me tenéis as-
quea de veras...
Mig. Porque ustedes no se acuerdan de ustedes.
Vrc. ¿Yo? ¿Con su padre de esta? ¡Jesús! Estába-
mos en la misma casa y se nos pasaban los
días sin mediar palabra...
Mig. Por eso se casaron ustedes antes de lo que
pensaban.
Vic. ¡Oye tú, desvergonzao! ¡Pué que creas que
fué por tapar algol Fué porque la señora
duquesa dijo que no quería noviajos en la
casa; que nos casábamos, ó á la calle. . ¡Tú
verás!... Y á mí no vuelvas á interpelarme
en esa forma, porque si mi marido no te
llama la atención, como era su derecho, me
basto yo para saltarte las muelas de un re-
.vés. ¡Pues hombre, hasta ahí podíamos pro-
pasarnos!
Car. Pero madre...
Vic. ¡No hay madre ni padre! Pué que vayas á
consentirlo que me falte, antes de ser tu
marido...
Mig. ¡Señora Vicenta, que mi intención no ha
sido de faltarle á usted, ni de propasarme en
— 12 —
lo más mínimo, que yo tengo sobrada edu-
cación para eso y usted ha sido la que ha in-
trepetao mal...
Vic. ¡Pues pa que yo no tenga que interpretar
nada, te miras mucho antes de decirme
nada!... Y se acabó, que no tengo gana de
sofocarme con Ja calor que hace.
Mig. ¿Pero, ves tu madre?
Car. Y si ya sabes como es, ¿pa qué la dices na?
Mig. ¿Pero le he dicho yo nada pa que se ponga
así?... Y aquí está tu padre... Vamos á ver,
señor Isidoro, ¿cuánto tiempo hace que se
casaron ustedes?
Isid. Diecinueve años y cinco meses.
Mig. ¿Y qué edá tié la Carola?
Isid. Diecinueve años.
Mig. Entonces, ¿por qué se pone tonta su señora
de usted? Si se casaron ustedes, ¿no está ya
todo legalizao?
Isid. Pero si ella tiene en eso su amor propio,
¿qué vas á hacerle?... YT deja ya ese asunto
que tú te crees que estás siempre en la es-
cribanía, que de cada palabra movéis un
pleito. Iba á preguntarte si conoces á un se-
ñor Tellez que está ahí con la Leonor...
Mig. ¿Don Paco Tellez?
Isid. El mismo, don Paco.
Mig. ¡No le tengo de conocer!
Isid . ¿Tié asuntos en el Juzgao?
Mig ¡Todos los días!... ¿Usted no le conoce?
Isid. Como á tí. Algunas veces le he llevao con
el señor Marqués. Es muy amigo.
Mig. Bien dicen que el más amigo la pega... Pues
este don Paco fué el que le arregló á la Leo-
nor otro lío muy gordo, que pudo costaría
ir de causa, porque el Marqués también se
había interesao antes por este don Paco ..
que le tendrá dao dinero más de cuatro ve-
ces, si á mano viene para dárselo á !a Leo-
nor.
Isid. Seguro. ¡Porque cuidao que le come esta
mujer! Con lo que ella le saca en un mes,
hacía yo mi felicidad.
Mig Y cualquiera.
— 13 —
Isid. Hoy día tié ella mejores trenes que nos-
otros, sin contar el automóvil. ¿Y la casa?
¡Yo no he visto otra, y he visto las mejores
casas de Madrid, y en Madrid me parece
que hay casas, pero como ésta, pocas! ¡Has-
ta el baño de cristal que tié, muchacho! ¿Y
la alcoba? A lo Luis XIV.
Mig. ¿Catorce na más?
Xsid. Voy á llevarte un día por gusto pa que la
veas. Yo conozco mucho á Gastón, un chi-
co francés que es el que ella tié de su con-
fianza.
Mig. ¡Vamos, sí!...
Isid. Nada de eso, si es como una doncella, la
viste y todo.
ESCENA III
DICHOS y ROMUALDO
Isid. ¡Romualdo!
Rom. ¡Isidoro! ¡Qué me alegro de verte!
Isid. ¡Y yo, no sabes!
Rom. Y la Vicenta, tan buena...
Vic. Regular, vamos. Ya nos han dicho que tié
usted á la familia de baños. ¡Vaya con la
Nati, qué picara!
Rom. Pues por los chicos, que sentían el calor y
parece que se desmejoraban, y aquí lo hu-
bieran pasao, pero como estamos de obra
en la parte que hemos de vivir, pues es un
ahogo; así es que fui y les dije: andar y ve-
ros á Alicante y bañarse bien y refrescarse
y no venirse hasta que sos diga.
Vic. Estará usted sin sombra.
Rom. Así es, pero que va usted á hacerle. Por los
hijos se impone uno toda clase de sacrifi-
ficios. ¿Y la Carola, tan guapa?
Vic. Saluda, mujer.
Car. Muy buenas noches. ¿Cómo está usted?
Rom. ¿Bien y tú?
Car. Para servir á usted. ¿La familia de usted
tan buena?
— 14 —
Rom. Buena, gracias, (señalando & Miguel.) Aquí no
hay que preguntar.
Mig. Servidor de usted.
Rom. Que sea para bien.
Vic. ¡Ay! deje usted que sea, que ahora princi-
pia...
Mig. ¿Pero ves tu madre, que no sabe hablar sin
zaherir?
Cap. jDéjala y que diga!
Rom. ¿Y por qué no ha de ser, seña Vicenta?
Vosotros quererse y ustedes dejarlos que-
rerse... y too llegará á hacerse.
ÍSID. (Presentando á Juanito ) Aquí, es Juanito que
está ahora conmigo de segundo.
Jua . Servidor.
Rom. Por muchos años y tantismo gusto...
Jua. Lo mismo digo.
Rom. Basta ser que esté usted con Isidoro pa que
lé mire á usted como á él, y él ya sabe que
todo lo que hay en mi casa, por suyo... Pero,
¿cómo no habéis venido antes?
Isid. Pues tóos los días queriendo venir, que te
diga ésta, pero que no s'arreglao hasta hoy
por no tener coche; porque el mail es mu-
cho coche, y en un lando no íbamos á venir,
y el faetón ha estao en el taller y hasta hoy
no lo hemos tenido disponible.
Hom. ;,Y cómo es que este año no has salido
fuera?
Isid. Este año no se han llevado más que los
otos.
Rom. ¿Y qué es eso?
Isid. Los automóviles: en Francia los llaman así.
Rom. Ahora, con eso del automóvil, pa vosotros
menos trabajo.
Isid. ¡A ver!
Rom. Si no acaban con nosotros.
Vic. Es lo que yo digo; que habrá que ir apren-
diendo á sofer, por si es caso.
Isid. Hay que desengañarse; donde esté un buen
tren con su buen tronco de caballos, y unas
buenas manos pa presentarlo, que se qui-
ten los automóviles.
Rom. Así es, »
— 15 -
Isid. Di que es una moda como todo, que en
cuanto la tenga todo el mundo les cansará
á los señores y tendrán que inventar otra
cosa.
Rom. Así es.
Isid. Pero un tren de lujo será siempre un lujo
verdá... Porque... ¿quies tú decirme cómo
van á presentarme un automóvil á la gran
Doman y á ver dónde hay nada igual á una
gran domón pa presentarse en público una
señora de la grandeza un día que quiera
presentarse?
Rom. Así es. ¿Pero qué van ustedes á tomar? Por-
que aquí no ha venido nadie pa esto.
Isid. El gusto de verte.
Vic. No es despreciarle á usted, pero es que no
tenemos gana de nada. Digo, yo hablo por
mí... Estos, ustedes dirán.
Isid. Si precisamente esta noche hemos cenao
una barbaridá.
Rom. Pues de aquí á un rato. Ahora vengan uste-
des á ver todo esto.
Vic. El jardín está muy precioso.
Rom. A fuerza de lo que se ha trabajao. Estaba
too muy abandonao, así es que no queráis
saberlo que aquí se me ha ido.
Vic. Sí que se le habrán ido á usted muy buenos
cuartos. Pero ya se dimnizará usted de todo.
Rom. Es de temer.
ESCENA IV
DICHOS, LEONOR, PACO y ENRIQUE
Leo. Que nos sirvan aquí el café, que estaremos
más frescos.
Paco Mujer, que hay mucha gente.
Leo. ¿Van á comernos?
Paco Hubiéramos estado mejor en un reservado.
Leo. ¡Pa reservaos está el tiempo! ¡Con el calor
que hace!
Paco Es que á mí no me gusta exhibirme y á tí
debía gustarte menos.
Leo. ¿A mí? Ya pueden ir telegrafiando. Ya po-
- 16 —
dría suponer que no iba yo á haberme que-
dao en Madrid pa irme á llorar por las no-
ches á los solares del Buen Retiro. ¡Como
esto está tan divertido en verano!
ROM. (Fijándose en Leonor, á Isidoro.) No, no Sabía que
estaba aquí.
Isid. No es mala parroquiana.
Leo. (Reparando en el grupo.) Buenas noches, Isido-
ro. ¿No querías saludarme?...
Isid. Por mí... ya ve usted... ¿Cómo está la seño-
rita?
Leo. Ya la ves: aburrida de estar en Madrid y
con este calor y con estos amigos.
Isid. Buenas noches, don Francisco, ¿cómo está
usted?
Paco Bueno, gracias. (Bajo á Leonor.) ¿Lo ves?
Enr. ¡Y creíamos que aquí no nos vería nadie!
Paco ¡Los caprichos de esta! ¡Ya se lo dije yo!
Isid. Pues salimos á pasear los caballos, y de paso
hemos venido á ver á este amigo.
Leo. ¿A Romualdo? También es amigo mío... Y
ya ve que no le olvido.
Rom. Y se agradece... Ya sabe usted que en mi
casa...
Leo. Ahora se puede venir á comer aquí.
Isid. Ya lo creo, donde esté Romualdo...
Rom. ¿Han comido ustedes bien?
Leo. Yo en verano estoy siempre desgana, no me
apetece más que gazpachos y horchata...
Pero me arma una revolución que tengo
que privarme. ¿Es tu familia?
I8id. Sí, señorita; mi mujer.
Vic. Servidora.
Isid. La chica...
Leo. Muy guapa.
Car. Muchísimas gracias; es favor.
Leo. (por Miguel.) ¿Hijo tuyo también?
Isid. Tras de eso anda.
Leo. Vamos, será muy formal.
Isid. Así parece. Pues nosotros vamos á ver esto.
Que usted siga buena.
Leo. Gracias.
Isid. Y descuide usted, que por mí, como si no
nos hubiéramos visto.
— 17 —
Leo |Ay, no! Si no me importa. Ya ves lo que
me tapo, lo que á mí me ha gustao tapar-
me nunca.
Vic. Muy buenas noches... ¡Qué mujerota! ¿Os
habéis fijao qué de brillantes? Tié que ha-
ber un castigo muy grande en el otro mun-
do; de otro modo ¿quié usted decirme qué
le serviría á una ser decente?
Rom. |Hay que ver cómo acaban!
Mig. Díganmelo ustedes á mí. Habré yo visto
cosas? A esta misma la tenemos ejecuta lo
menos ocho veces.
Ism. Y lo que te rondaré.
Mig. La última vez se lo embargamos todo, me-
nos la cama...
Rom. A ver, eso no pué embargarse, ni los útiles
del oficio de uno.
Mig. Aquí todo era uno...
Car. ¡Y yo que no la encuentro tan guapa! ¿Y
tú?
Mig. (cogiéndole una mano.) Pa mí no hay más mu-
jer que tú en el mundo, ¡negra de mi vida!
Car. Suelta, que me has torcido un dedo.
Mig. Ha sido sin querer.
Car. Y además nos están mirando, y además no
está bien. ¡Nunca reparas!... (Mutis de Isidoro,
Romualdo, Vicenta, Carola, Miguel y Juanito.)
Leo. ¡Hola, Manolol
Mozo Adiós.
Leo. ¿Cómo te va, Emiliano?
Per. No tan bien como á tí.
Paco ¿Pero también conoces á los del organillo?
estás muy bien relacionada.
Leo. Regular... Si no os conociera á vosotros...
anda, vamos á bailar...
Paco ¡Mujer!...
Leo. ;Ay, que se me va á caer la banda de María
Luisa! Ven tú, Enriquillo, que eres más co-
rriente, que éste se da más importancia que
un simón con gomas.
Paco ¿Quieres no ser golfa?
Leo. Ya estáis dándole música, música.
Enr . (a Paco.) ¿Pero qué vas á hacerle? Si la co-
noces...
— 18 —
Paco Pues da tú el espectáculo. Yo me voy á to-
, mar el Café ahí dentro. (Entra al cenador.)
Música
Leo.
Anda, dale al manubrio,
dale, chiquillo,
que va á bailar con gracia
mi cuerpecito.
Moro
Ahí va la mejor pieza
del repeitoyio,
pa que bailes á gusto
con ese polio.
Enr.
Vas á comprometerme
con ese amigo,
que no quiere que bailes
en estos sitios.
Per.
Con todos sus brillantes
y su elegancia,
á ésta le tira siempre
la golferancia.
(Recitado.)
Leo.
Anímate, hombre.
Enr.
Pero mujer, si es que...
Leo.
¡Agarra! (Bailan.)
(Cantado.)
Pa bailar á lo chulo
te falta escuela,
que no es toda la gracia
meter la pierna.
(Recitado.)
Enr.
Pero si yo no he bailado jamás estas cosas.
Leo.
Pues suelta y verás lo que es gracia fina.
Enr.
Mujer, ¿qué vas á hacer?
Leo.
(ai Moro ) Ven acá, tú no tengas lacha.
Moro
Se va á enfadar el señorito y le voy á tener
que diñar.
Leo.
Bailas conmigo porque me da la gana.
Paco
¡Pero no está bailando con ese golfo! ¡Pero
te parece!
Enr.
¡Pero qué vas á hacer, matarla ó dejarla!
(Cantado.)
Moro
¡Ay, cuánto tiempo
que ya no bailamos así!
— 19 —
Leo. No dirás nunca
que ha sido la cosa por mí.
Moro ¡Ay, qué frescura que tiésl
Leo. ¡Tú eres un exagerao!
Moro ¡Cualquiera te quita á tí
lo que tienes bailao!
(Recitado.)
Paco ¡Pero es una vergüenza!
Enr. ¡Pero si tuviéramos vergüenza, no vendría-
mos coq ella ni ella con nosotros!
Leo. No sé si son los recuerdos, pero estoy acon-
goja.
Moro ¡Lo que tú tiés es una curdela, pero que re-
gular!
Per. Oye, tú, si por casualidad te cansas, avisa,
que conmigo hay siempre una continua-
ción.
Paco ¡Eso ya es abusar!
Per. Sus van á dar las doce y media bailando.
Moro ¡Ni que fueras Lacierva!
ESCENA V
DICHOS, LA TANGUERA, LA CHIRRIS y DON LEANDRO
Hablado
Tan,
Per.
Moro
Per.
Leo.
Moro
Lean.
Tan.
Chirris
Lean.
Chirris
Hay que desengañarse; pa tomar cualquier
cosa en este tiempo no se pué venir á otra
parte.]
¿No preguntabas por esa?
¿Por quién?
Por la Chirris.
¿Ande está?
Muy buenas noches, don Leandro.
Muy buenas noches.
Hola, Moro. Adiós, Emiliano.
Meterse ahí dentro, que está ahí esa y como
es una cualquier cosa, pué decirnos algo.
Se librará muy bien estando yo.
Es que no me gusta dar escándalo en nin-
guna parte como á ella.
— 23 —
Moro (a Leonor.) Qué, ¿no os saludáis?
Leo. Con la Matilde, sí; pero con la Chirrjs... sí
pué sé que la salude un día de estos...
Chirris Ya está provocando; meterse adentro he di-
cho. (La Tanguera, La Chirris y don Leandro entran
en un cenador.)
PACO (Saliendo del cenador y á Leonor.) ¿Has vuelto ya
en tí?
Leo. ¿No te habías marchao? Porque ya no hacía
cuenta contigo.
Paco ¿Pero te has propuesto divertirte conmigo?
Leo. ¡Qué ilusión! ¿Pero tú crees que contigo se
pué divertir nadie?
Paco ¿Pero se puede saber lo que quieres?
Leo. ¡Ay, qué hombre! ¿Pero no lo sabes? Yo he
venido aquí para hablar de negocios; ¡solo
que tú, no sé por qué, te has figurao otra
cosal
Paco ¿Negocios? Ya lo sabes; si firma el Marqués,
mañana mismo tienes el dinero.
Leo, ¿No te he dicho que esto es cosa mía y que
no quiero que él se entere? ¿Es que yo no
tengo crédito pa una porquería de tres mil
pesetas?
Paco ¿Tú? En cuanto cojas los cuartos te largas
á San Sebastián; ¡te conoceré yo!
Leo. Pué que creas que es pa eso. Si yo quisiera,
¿no estaría ya en San Sebastián?
Paco ¡No te quieren allí este añol
Leo. ¡Qué mala sangre tienes y qué mal bicho
eres!
Paco Si no me enfado.
Leo. Ya lo sé; tiés muy hecho el cutis. ¿Pero es
verdad eso?
Paco ¿Qué?
Leo. Eso que me han contao antes.
Paco ¿Lo de tu Marqués y la brasileña?
Leo. Eso.
Paco Todo el mundo lo sabe en San Sebastián y
en Biarritz... Que te diga Enrique.
Leo. ¿Y de dónde ha salido esa mujer?
Paco Del otro mundo. Es una artista de mérito.
Ha viajado mucho por América y se viste
y se alhaja que mete miedo. Y esa peque-
— 21 —
ñez que le giré ayer á tu amigo, no hay que
decir...
JLeo. (se levanta.) Pues oye, no me des na... Pero. .
¿á que no eres capaz de una cosa?
Paco ¿De qué?
Leo De irnos los dos juntos á San Sebastián.
Paco ¿Lo ves como no piensas en otra cosa?
Leo. Lo que pienso es que á tí te han dao el en-
cargo de que no me mueva de aquí y de es-
tarme dando la entretenida, pa decir luego,
si á mano viene, que yo he tenido algo con-
tigo y que tengan un motivo pa plantarme.
Paco Leonorcilla, que vamos á ponernos serios.
Leo. * Sí, tiés razón, no hablemos más dé esto ni
de ná. ¡Pero yo te juro que mañana mismo
salgo pa San Sebastián, aunque tenga que
dejar aquí todo lo que tengo!... ¡me voy á
apurar yo por dinero! (ai Moro.) Toca, tú,
toca... que yo he venido aquí á divertirme...
Paco (¡Es una fiera!)
Enr. (Pero no se ha tragado la partida.)
ESCENA VI
DICHOS y LA TANGUERA
Tan. Leonor, mujer...
Leo. Hola, Matilde. No te extrañe que antes no
te haya saludao, pero yendo con esos ya
sabes...
Tan. Ya lo sé y á eso vengo, pa hablar contigo
con permiso de aquí.
PACO Usted lo tiene. (Paco y Enrique vuelven á entrar
en el cenador.)
Tan. Vamos á ver. ¿Por qué habéis de estar así
dos amigas, que habéis sido que no había
otras, hasta el punto de que ya habíais dao
que decir?
Leo. ¿Pero no lo sabes?
Tan. Sé lo que ella me ha dicho; que tú este in-
vierno pasao, en el baile de Bellas Artes,
sin mediar más palabra te fuiste á ella como
una fiera, la levantaste las faldas, y si no
— 22 —
media la concurrencia le das de azotes en
público. Cualesquiera que fuesen tus resen-
timientos, no me dirás que eso estuvo ni
medio regular; todo un salón de todo un
teatro en todo un baile como ese, no es nin-
guna plazuela del Rastro, y eso de ir á azo-
tar, está muy feo; todo hay que mirarlo.
Leo. Lo que hay que mirar es lo que ella había
hecho antes conmigo, con una amiga como
yo, que tú sabes lo que tengo hecho por
ella; ¡qué cuántas veces no lo he tenido pa
mí y he salido á buscarlo pa ella, y ti á
mano viene, á sitios donde no debía haber-
me rebajao en irl
Tan. Eso es verdad.
Leo. Y el pago fué ir diciendo que yo me había
lucrao con sus alhajas; cuando las iba á
perder y yo le compré todas las papeletas en
más del doble, y too el mundo .-abe que yo
no me quedé más que con una lanzadera
que tenía capricho y es esta que ves, que no
me dejará mentir; así y todo, todavía, le en-
tregué quince duros, los mismos que ella se
gastó aquella misma noche en cenar con
El Trueno y con la Mari, que fué quien me
contó todo lo que había ido diciendo y
cómo me había puesto, que tú dirás si es
ación de persona, después de lo que yo había
hecho y que á ella le costaba que fué así
como te lo cuento, que yo no digo una cosa
por otra cuando las cosas son verdad... (se
sienta.)
Tan. Como tú lo cuentas es pa darte la razón;
porque cuando has hecho favores como yo
sé que ella los tié recibidos, duele mucho
un mal pago. Pero, ¿qué quiés que te diga?
Yo, que conozco á ésta y conozco á la Mari,
no puedo creer que esta dijese lo que dice
la Mari que dijo; entre otras razones, porque
ésta tié más confianza conmigo que con la
Mari, y de decir algo me lo hubiera dicho á.
mí primero; másime que si yo fuera como la
Mari, yo te diría lo que ella me ha dicho
que tú le habías dicho de mí, que si yo hu-
- 23 -
biera ido á creerla, también pué que hubié-
ramos tenido un disgusto.
Leo. ¿Que yo le he dicho de tí? ¿Cuándo? No será
pa decirlo en mi cara... ¿Qué tenía yo que
decirle de tí?
Tan. Pues ahí verás, yo no lo he creído y tú tam-
poco debiste creerte de ligero de lo que ella
te dijo que la otra había dicho. Y créete de
mí que soy tu amiga, aunque tú no me ha-
yas querido nunca como yo á tí.
Leo. No sé por qué dices eso.
Tan. Por algo será.
Leo. Pues di lo y no me vengas con lilailas.
Tan. ¿Sabes que contigo no se está pudiendo tra-
tar? ¿Es que te lo has creído?
Leo. ¿Lo que dicen de tí? ¡Vaya si lo he creído!
Tan. ¡Leonor!
Leo Me llamo.
Tan. ¡Eso quisieras! Micaela y gracias.
Leo. ¡A mucha honra!
Tan. Bequiesca t in pace.
Leo. ¿Y la familia?
Tan. Pa tenerla donde tú la tienes más vale no
saber de ella. Y calla ya, que eres una golfa
raída que aunque te vistas de terciopelo,
has de enseñar siempre la hilaza.
Leo. ¡Pues vas á verla toda!
Tan. TÚ SÍ que vas á ver... (Van á pegarse. El Moro y
el Perrero las separan. Al ruido salen Paco, Enrique,
don Leandro y La Chirris.)
Moro Pero, ¿qué os ha dao?
Per. Pero, ¿qué va á ser esto?
Paco ¡Qué escándalo! Tú habías de ser.
Enr. ¡Leonor!... ¡LeonorcitaL.
León. Pero, ¿qué es esto? ¡Matilde! ¡Leonor!
Chirris ¡Si ya te dije que no hablaras con ella!
Leo. Déjame, déjame., que á esa la señalo yo
bien señala; por éstas...
Tan. ¡Quita de ahí!
León. Vamos, adentro, se acabó, (a Paco.) Sujéten-
la Ustedes. ¡Adentro! (Paco y Enrique intentan
llevarse á Leonor que no deja de gritar.)
Tan. ¡Pero hay que ver! (ai Moro y ai Perrero.) Vos-
otros habéis sido testigos, que vengo de tan
— 24 —
buena forma á hacerla reflexiones de por
qué estaba así contigo y de que no había
fundamento pa ello y se me pone de esta
conformidá.
Chirris ¿I ero no te lo dije? ¡Si esa ha creído que
puede avasallarnos á tóos!
Tan. Pues por la salú de mi madre que en gloria
esté, que me la ha de pagar. Esa se acuerda
de mí... ¡Vaya si se acuerda! La de los bri-
llantes y los vestidos de Faquín.
Leo. ¡Qué!
Tan. Qué ..
Moro Que sa acabao...
PER. Adentro. (La Tanguera, La Chirris y don Leandro
entran en el cenador. Leonor y La Tanguera siguen
gritando cada una por su lado.)
Moro ¡Qué Leonorl
Per. ¡Es que ha echao mal geniol
Moro Es que estará contraria. Todo no hay que
tenerlo.
Per. Mejor es que toquemos pa que se digan lo
que se están diciendo, que estoy viendo que
Vuelven á liarse. (Toca al piano.)
ESCENA Vn
DICHOS, VICENTA, CAROLA, ISIDORO, ROMUALDO, JUANITO y
MIGUEL. Después LA BRASILEÑA, el MARQUÉS y PEPE
Vic. Todo, todo está muy bien. Salú pa disfru-
tarlo es lo que hace falta.
Rom. Y que ustedes lo vean.
Jua. (a Isidoro.) ¿Te has fijao en los reservaos?
Tóos con su cheslón ...
ísid. Sí, éste Romualdo hará aquí negocio.
Rom. Ahora van ustedes á tomar algo. Pasaremos
á este kiosco.
Vic. Pero si no tenemos gauas; la verdad.
Isid. Si es caso, una limoná porque no digas.
Rom. ¡Qué limonada! Siquiera unas lonchas de
jamón y unas aceitunas pa beber de un
vino muy fresco... ¡Vamos, los jóvenes!...
— 25 —
¡Pero qué acaramelaos!... Me parece que
vais á tener que casarlos muy pronto
Vic. No hable usted de eso, que todavía está por
ver.
Mig. ¿Pero ves tu madre?
Car. ¿Pero no la conoces?
Mig. Es que el mejor día tenemos un disgusto.
¡Es mucho anticipo de suegra! (Entran en un
cenador. Aparecen La Brasileña, el Marqués y Pepe.)
Bras. ¡Qué noche, espléndida!
Pepe Sí, tropical.
Per. Tú... no toques más, que esto es pa mirarlo
y aquí se vé y no se toca...
Moro ¡La gran tía! Pero oye... te has fijao quién
viene con ella...
Per. Anda, el de la Leonor. Te digo que esta no-
che está esto mejor que en el teatro.
Isid. Vicenta... mira allí.
Vic. El señor Marqués...
Jua. ¡El amo!
Rom. ¿Pero tú sabías que estaba en Madrid?
Isid. ¡Yo qué tenía de saber!... ¿Y qué hago yo
ahora? ¡Aquí tiés á un hombre en el primer
compromiso! ¿Habrá visto el coche á la
puerta?
Vic. Preséntate á él. Después de todo, ná malo
estás haciendo... Y si ha visto el coche...
IsiD. Tiés razón. (Vicenta, Carola, Romualdo, Juanito y
Miguel entran en un cenador.)
Mar . ¿Pero de veras no quieres cenar?
Bras ¡Ay, no! Déjense de cenar. Un poco de cham-
pagne helado; no me apetece nada más.
Isid. (saludando.) Señor Marqués...
Mar. ¡Isidoro!... ¿Tú por aquí?
Isid. Ya lo ve el señor Majqués... He salido á pa-
sear los caballos con el faetón y me he traí-
do á la familia. No sé si sabrá vuecencia que
esto es de Romualdo, el que estaba en la co-
cina del señor Duque cuando yo servía en
la casa.
Mar . Sí, ya sé. ¿No ocurre novedad?
Isid. Ninguna, señor Marqués.
Mar. Yo no he avisado de mi llegada porque sólo
he venido para un día y estoy en un hotel...
— 26 —
He venido por acompañar á estos señores
que son extranjeros y están de paso en Ma-
drid.
Isid. ¿La señora Marquesa y los niños están bue-
nos?
Mar . Sí, muy buenos.
Isid. ¿Manda algo vuecencia?
Mar. .Nada, nada: mañana temprano vuelvo á
marcharme. ¡Que vaya bien! ¿Querías decir-
me algo?
Isid. No, señor Marqués, nada... á la orden de
Vuecencia... (Saluda y entra en el cenador.)
Mar. ¡Qué Madrid éstel ¿Has visto, Pepe? No es
posible dar un paso sin tropezar con alguien.
Y dicen que en verano no queda nadie co-
nocido.
Pepe Conocido, no; pero que le conozcan á uno, sí.
Mar. Vamos á sentarnos, pero no aquí.
Bras. ¿Por qué no? Eí-tá muy lindo.
Mar. Se está al paso de todo el mundo. Estaremos
mejor en un cenador.
Pepe Estos me parece que están todos ocupados.
Voy á ver por allí (Mutia de Pepe.)
Bras. Qué noche espléndida y qué tiempo lindo
¿Sabe que me agrada Madrid?
Mar. Ya se conoce, y no quieres quedarte siquie-
ra dos días.
Bras. Si no puedo, mi hijito, si debo estar el miér-
coles en Lisboa para embarcar. Pero el año
próximo vuelvo á Europa, se lo garanto.
Ahora tengo mi contrato en Río y de allí
paso á la Argentina... Hay que ganar plata,
mi niño.
Mar. Podías contratarte en Madrid. Yo conozco á
muchos empresarios. Tendrías tanto éxito
como en América.
Bras. ¿En Madrid? No, ¡qué esperanza! Aquí hay
mucha eminencia y yo me iría al bombo.
Mar. Es que no quieres nada con los madrileños,
y conmigo menos.
Bras. No sea sonso, si yo soy madrileña, sola-
mente salí de España muy chiquita y me
dicen Brasileña, porque debuté en Río á los
catorce años.
— 27 -
Mar. ¡Qué precocidad!
Bras. Pero mi mayor estancia ha sido en la Ar-
gentina. Ya ve que mi acento es español más
que nada. Puedo decir que no soy nasión de
ninguna parte. Soy de todas como todas las
artistas; los artistas somos nada más viaje-
ros... Es por eso que no debemos de querer
nunca, por no llorar después ausencias.
Mar. Hasta ahora no había comprendido que se
vuelva uno loco por una mujer.
Bras. ¡Qué rico tipo! ¡Déjese, no más y no digas
someras! ¡Que puedo creérmelo! Vamos á
beber un poco de Champagne á nuestra des-
pedida.
Mar. No, despedirnos no: hasta Lisboa, hasta el
último instante.
Bras. ¿Pero de veras viene á Lisboa? Que va á
molestarse, (pepe sale.)
Mar. t Y no voy más allá porque no sé dónde lle-
garía...
Pepe Ya he dicho que nos sirvan en el sitio más
fresco. Cerca del río.
Bras. ¿ElManzanares?¿Es tan petiso como le disen?
Pepe ¿Petiso?
Bras. Tan chiquito...
Pepe ¡Ah!... sí, muy petiso, pero muy lindo ¿sabe?
Bras. Vos se burla siempre de mí y me tiene muy
enojada ¿sabe?
Mar. ¡Es deliciosa! ¡Chico, esta mujer me vuelve
loco! (Mutis de La Brasileña, El Marqués y Pepe.)
Per. ¡Aquí dio fin la Leonor! Porque al lao de
ésta... Esto es el Machaco hembra.
Moro Eso será una apreciación tuya, porque pa
mí, siguen estando la Leonor y el Bomba
chico muy por cima, ca uno en su género.
¿Qué tié esta mujer de particular, ni por
donde le llega á la Leonor.
Per. ¿Pues no le tié que llegar? Es que pa tí no
hay más que esa mujer, como ha sido la
única en que has encontrao calor en tu
vida...
Moro ¡La única! ¿Y tú? ¡El Tenorio modernista!
Per. Quisieras tú lo que yo desecho pa poner un
harem.
— 28 —
Moro Ya te vi la otra noche con una, y creí que
habías vuelto al comercio de perros.
Per. Oye tú, que era mi cuñáa.
Moro Más te vale.
Per . ¿Y si levantásemos la sesión?
Moro Por levanta.
ESCENA VIII
DICHOS y LA TANGUERA
Tan. Emiliano, has favor.
Per. Lo que tú quieras.
Tan. ¿Está ahí todavía la Leonor?
Per. Allí está.
Tan. ¿Has visto que ha venido el suyo con una?
Per. Ya lo he visto.
Tan. ¡Esa que le dicen la Brasileña, que ha he-
cho tanto ruido este año en San Sebastián?
Per. Nunca la había visto.
Tan. No ha estao nunca en Madrid. Es artista de
varietés. Dicen que vale.
Per. No te llegará.
Tan. A mí ni que valga más que la Otero. Gra-
cias á Dios, ya me he quitao del teatro pa
in eternum y estoy tan ricamente, que pa eso
he sabido guardar, no como otras que han
de verse muy malamente.
Per. La Leonor, pongo por caso.
Tan. Esa es una. Oye tú; ¿se habrá enterao de
que está ahí el Marqués?
Per. No creo, Está sentá de espaldas... y desde
allí no se distingue, y menos que ella no
pué pensarse que él esté aquí.
Tan. ¿Vas á hacerme un favor?
Per. Ya he dicho qoe tó lo que tú quieras.
Tan. Vas á llegarte donde está el Marqués y vas
y le saludas con mucho respeto, tú ya sa-
bes, y vas y le dices, que de parte de un
amigo que quiere saludarle, que le esperan
allí... y le acompañas y le dices dónde.
Per, ¡Mujerl ¿Y si luego preguntan quién me ha
dao el recao?
— 29 — *
Tan. Pues dices que he sido yo, y que vengan á
mí, que yo sabré contestar.
Per. Mira que la Leonor va á armarnos el pri-
mer lío.
Tan. Si contigo no se ha de meter nadie, que
aquí estoy yo. Ya estás perdiendo el tiempo.
Per. Pero...
Tan. ¿No tiés na pa cumplirse? (Le da dinero.)
Toma y calla, y déjame á mí que soy tu
amiga y más has de sacar de mí que de esa
que ya la conoces, me parece...
Per. Tan conocida...
Tan. Desde allí OServO. (Entra en el cenador.)
Moro (ai Perrero.) ¿Se pué saber dónde vas?
Per. A un encargo. ¿Te importa?
Moro A ver si te dan á tí el encarguito.
Per. Eso es Cuenta mía. (Mutis del Perrero.)
Moro Pues anda con Dios, (ai mozo que pasa con un
servicio ) O/e tú.
Mozo ¡Que llevo prisa!
Moro Espera. Vas á decirle á la Leonor, de mi
parte, que venga aquí deseguida que tengo
que decirla algo muy urgente.
Mozo ¿Pero cómo voy á decirle yo, estando con
unos ¡señores, que tú la necesitas?
Moro Si es ella la que me necesita á mí, que no es
lo mismo. Sobre tó tú se lo dices que nadie
te dirá nada y ella menos.
Mozo Allá tú: ¡verás con el amo si hay un disgus-
to en la Casa! (El Mozo entra en el cenador donde
está Leonor, le da el recao y después hace mutis.)
ESCENA IX
DICHOS y LEONOR
Leo. Qué, ¿me has llamao?
Moro Sí, porque aunque too se haya acabao, pa
mí eres siempre la misma.
Leo. Igual te digo.
Moko Yo estoy viendo que aquí hay una mala vo-
lunta contra tí y que aquí te han traído pa
meterte en una encerrona.
Leo. ;A mí?
~ 30 -
Moro ¿Sabes quién está aquí?
Leo. ¿Quién?
Moro El Marqués.
Leo. ¡En Madrid! ¿Que está en Madrid, sin sa-
berlo yo?
Moro Si no fuera más que en Madrid... Está ahí;
con una mujer y otro amigo; ahora mismito
me está oliendo de que han ido á darle el
soplo de que tú estás y con quién.
Leo. Habrán ñáo esas, ¿verdad?
Moro ¿Qué más tiene? Lo mejor que pues hacer
es ahuecar y cuando vengan á buscarte que
averigüen. Yo seré el primero en decir que
no te he visto y que too es mentira.
Leo. ¿Irme yo? ¡Tú no me conoces! Yo no tengo
pa qué esconderme; yo he venido aquí á lo
que he venido... ¡Pero él!... ¿Dices que con
una? Será esa la de San Sebastián... Y no me
avisa de que viene... ¡Claro! ¿Dónde están?
Moro ¡No vayas! Si alguien vendrá... ¿No te digo
que ya están avisaos?
TAN. (Cantando dentro.)
Tú no quisiste la paz
cuando la paz te ofrecí.
¡Por lasalú de mi madre
que te has de acordar de mí
Leo. Ese cantar tiene su intención y alguien se
va á quedar ronca esta noche.
UNO (Dentro, cantando.)
Como yo te quiero á tí
no te habrá querido nadie.
¡Por tí he robao!
¡Por tí he matao!
Por tí he faltao á mi madre!
¡Y por tí me iré al infierno
si tú quieres condenarme!
(Palmas y jaleo de todos.)
Moro Déjala.
ÜRAS. (Cantando dentro.)
¡Palomita blanca!
¡Vidalita!
¡De color de nieve!
¡al pasar me heriste!...
¡Vidalita!
¡Ay, cómo me duele!
— 31 —
Leo. Esa, esa es ella, ¿verdad?
Moro Cá uno canta lo suyo... ¡Esa es la vida! Pero
ya han acabao de cantar, aquí no se oye ya
á nadie. (Va á tocar el piano.)
Leo. No, deja, no toques ahora. ¡Que canten to-
dos! Yo cantaré más fuerte que todos, y me
han de oir por cima de todos... Yo te lo ase-
guro.
Música
Leo. Cada uno canta lo que siente
y yo también quiero cantar;
aunque me esté ahogando el coraje
no me ha de ver nadie llorar.
Moro ¡Tú ríete del mundo!
Leo. Ya ves que sí.
Moro Cuando todos te falten,
estoy yo aquí;
y canta, canta.
Leo. ¿No he de cantar?
Aunque me esté ahogando el coraje
no me ha de ver nadie llorar.
Todo el mundo contra mí
y yo contra el mundo sola;
pero yo sola me basto
y todo el mundo me sobra.
Tan. Tu cantar no es sentimiento,
y tu cantar no me engaña;
tu cantar es alegría
y por llorar no lo cantas.
(Recitado.) ,
Leo. ¡Qué más quisieras tú!
Moro ¿Pero te se saltan las lágrimas?
Leo. ¡A mí! Es de rabia.
(Cantado.)
Las fatigas del querer
esas sí que son fatigas,
sólo acaban con la muerte
como se acaba la vida.
— 32 —
(Recitarlo.)
Moro ¡Ay, qué verdad!
Leo. Pero yo no estoy por morirme ni por pasar
fatigas. ¡Maldito sean los hombres!
(cantado.)
Bras. Una palomita, vidalita,"
para mí crié;
se juntó con otra vidalita,
con ella se fué.
Leo. Cada uno canta lo que siente
y yo también quiero cantar;
aunque me esté abogando el coraje
no me ba de ver nadie llorar.
ESCENA X
DICHOS, el MARQUÉS y EL PERRERO
Hablado
Mar. ¿ Dónde está ese amigo?
Per. Venga usted... ¡Leonor!
Mozo La he avisao yo antes que tú al otro.
Per. ¿Yo?
Mozo Ven acá y dejémoslos... y á tí ya te diré yo...
¡boceras! (Mutis el Moro y el Perrero.)
Mar. ¿Conque eres tú?
Leo. Qué sorpresa, ¿verdá?
Mar. No... ¿por qué?
Leo. Es verdad. Como he recibido tu telegrama,
en lugar de bajar á la estación te he esperao
aquí más fresca.
Mar. No avisé porque he venido de pronto.
Leo. Cuidao con los 'prontos... asuntos de fami-
lia, ¿verdá?
Mar. Deja á la familia, que tienes esa mala cos-
tumbre.
Leo. ¿No es de educación preguntar por ella?
Mar . Bueno, bueno, no hablemos más. ¿Qué vas á
decirme? Que estoy aquí con unos amigos;
tú con otros... No hace falta explicaciones.
— 33 -
Leo. Ni yo te las daría. ¡Si está too explicao! Solo
que te falta saber una cosa, que yo no co-
nozco á tus amigos; tú á los míos, sí; de-
masiao.
Mar. Es posible.
Leo. Paco y Enrique; íntimos.
Mar. ¿Paco Téllez?¿Está en Madrid?
Leo. ¡Otra sorpresa! ¡Hazte de nuevas! ¿No te ha
mandao ayer un dinero? ¿No le tiés encar-
gao que no me facilite fondos pa tenerme
aquí too el verano... y poderte tú divertir á
tu gusto? ¿No anda él detrás de mí too este
tiempo... siendo así que nunca se le había
pasao por la imaginación, con las veces que
ha tenido ocasión pa ello?... ¿No estaba too
esto mu preparao pa encontrarme tú hoy
aquí y tener derecho á decirme que te falto?
Mar. ¿De donde sacas eso?
Leo. ¿Pero te crees que no os conozco á tí y á
Paco y á los hombres? Si estas cosas acaban
siempre así, con la misma combinación.
¡Sabéis mucho los hombres, sólo que toos
sabéis lo mismo y una k> aprende pronto!...
Lo que tú no sabes es que yo estaba al cabo
de too, y que si he venido aquí no ha sido
de engaña, sino porque sabía que tú habías
de venir y con quién.
Mar. ¡No digas disparates! Que tú sabías... ayer
mismo no lo sabía yo, ni he avisado á nadie
de este viaje, ni nadie ha podido verme en
Madrid desde que he llegado, ni...
Leo. ¿Conque nadie? Recuerda bien. ¿No has di-
cho á nadie que venías aqui? ¿Ni siquiera al
cochero que te ha traído? ¿Ni te ha visto
nadie? Ni siquiera en el tren, ni siquiera en
la estación... ¡Habrás venido en globo, que
es la última!... Lo que te digo es que no ha-
bías llegao, cuando yo sabía que estabas
aquí esta noche y que contigo venía esa mu-
jer. Y por eso me hice la tonta cuando Paco
me dijo de venir á comer aquí... porque
sabía que esta noche era el fin de too, porque
pa mí esta noche has muerto, sólo que otro
día pué que lo hubiera sentido algo, porque
3
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al fin no es un día ni dos los que llevamos;
pero esta noche me ha dao por reir... y quitao
alguna que me está oyendo detrás de los
ebonimos y pensará que yo no lo he guipao,
y es la que se va á llevar too el disgusto, pa
mí día de gala, porque estaba deseando que
ocurriese esto ó algo parecido pa concluir;
de modo que podías haberte ahorrao una
porción de combinaciones, que te habrás
quedao más calvo, y en lugar del bisoñe vas
á necesitar peluquín entero.
Mar. ¿Pero qué estás diciendo¿ ¿Tú crees que yo
. puedo creer?...
Leo . ¡Si esto ya me lo esperaba! ¡Si nos está muy
bien empleao á las mujeres por tener senti-
mientos y creernos que los hombres agra-
decen nada! Si luego dicen que hay quien
pega á una mujer; si debían de matarnos á
todas y á mí la primera por dejarse una
arrastrar del cariño... Si este es el pago de
haberme comportao decentemente; con el
porvenir que yo tenía por delante... y qué
bien dice la novela que trae el periódico
que es la propia realización de lo que me
está á mí pasando; que la virtud nunca se
ve recempensá en este mundo...
Mar. ¡No digas tonterías!
Leo. ¡Quita, quita! Ni verte, ni saber de tí... ya
pues verte lo peor del mundo... quita,
quita!
Mar. ¿Pero no dejas hablar?
Lto ¡Ay!... ¡ay!.. que me estoy conteniendo y no
puedo callarme más, y si no rompo algo,
me dará el ataque... j Ay!... ¡ay!... (Le da un ata-
que de nerrios.)
Mar. ¡Leonor!... ¡Leonorcita!... ¡Vida!... ¡Oye, es-
cucha!...
Leo (Dando gritos.) ¡Ay!... ¡ay!...
— 35 —
ESCENA ULTIMA
VICENTA, CAROLA, ISIDORO, ROMUALDO, JDANITO, MIGUEL,
el MORO y el PERRERO, que acuden á los gritos. LA TANGUERA
y la CHIRRIS se acercan, pero sin acercarse PACO y ENRIQUE
Todos ¿Qué pasa? ¿Qué es? ¡La escena! ¡Agua!
CAR. ¡Que güela algo! (Carola saca las vinagreras del co
medor.)
Tan. Pamplinas pa los canarios. ¡El accidente!
¡Se lo tengo ensayao!
Vic. Que es el aceite, mujer...
Car. ¡Es verdad! ¡Qué cabeza!
ísid. ¿Se le ofrece algo al señor Marqués?
Mar. ¡Nada! ¡Nada!
Car. ¡Ya vuelve!
Vic. ¡Güela usté, güela usté!
Leo. ¡Ay!
Mar. Anda, apóyate y vamonos...
Leo. ¿Contigo?
Mar. Sí, conmigo... No demos más espectáculo.
Leo. ¡No, así no! Tiés que creer en mí.
Mar. ¡Si lo creo todo!
Leo. ¿A qué ha venido por aquí Paco?
Paco Hemos venido á tratar de un asunto de
dinero. Yo no quería dárselo sin que tú
firmaras.
Mar Sí, firmaré. Ella dice que yo te había dado
el encargo de tenerla en Madrid, cuando
tú sabes que si este año no ha venido á San
Sebastián, es porque está allí la familia de
mi mujer y no me conviene que se enteren
de muchas cosas, por muchas razones.
Paco ¡Digo, si tu suegro se disgusta! ¡Y tu suegra!
Mar. ¡Naturalmente! ¡Pero ésta no se hace cargo
de nada! *
Leo. Tú, tú eres el que no sabe apreciar mi de-
licadeza.
Mar. Sí, mujer, sí...
Leo. De rodillas tiés que pedirme perdón.
Map. Sí, mujer, sí... pero vamonos. Tú, Paco,
dile á Pepe, que está ahí con esa, que se la
lleve cuando quiera, dile lo que ocurre... y
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á ella... á ella no la digas nada, que lo arre-
gle Pepe; él sabrá cómo arreglarlo. ¡Ah!
toma para que pague la cuenta. Vamonos,
vamonos.
Paco De modo que sigues... ¿No decías que que-
rías acabar*?...
Mar. ¿Qué quieres? En cnanto la veo me vuelve
loco... Es la única mujer que me ha vuelto
loco.
Isid Aquí no ha pasado nada.
Tan. ¡Luego dicen los hombres que les engañan.
Chirris Si esta Leonor yo no sé lo que tiene: es que
los vuelve tontos.
Tav. Yo creo que los busca así y se ahorra de
volverlos.
Leo. No, yo no me voy ahora de aquí; aquí nos
quedamos, y que nos vean todos, y que ra-
bien más de cuatro, y quiero conocer á e&a,
y vas á presentarme...
Mar. ¡Pero mujer!
Leo. Y que vea lo que sinifico pa tí... Y si no,
hemos concluido.
Mar. Sí, mujer... lo que tú quieras, como tú quie-
ras.
Leo. Y vas á convidar á todos estos amigos, y á
tu servidumbre, y á los pianistas, y á bailar
todos, y á divertirnos todos.
Mar. Sí... sí... ¿por qué no? Lo que tú quieras...
como tú quieras.
Leo. ¿Vas á tener reparo? No sé por qué. ¡Aquí
todos somos unos!
Rom. Así es.
Mar. Sí, es verdad; todos somos unos...
Isid. No es mucha moralidá;
si esto fuese una obra seria,
pero como es un saínete
no hay que tener esigencias
ni con el que esto escribió
ni con quien lo representa.
Y pues todos somos unos,
¡perdonad las faltas nuestras!
(El Moro toca el piano, todos bailan y cae el)
TELÓN
Precio: UJiGL peseta